El sitio de la Tierra en el Universo

Publicado en Cienciacon fecha 10 - enero - 2011

 

Al considerarse la propia especie humana a sí misma como excepción entre la vida en la Tierra, taxonomizando, haciendo discreto algo continuo y gradual, el hombre ha creído a través del delirio vanidoso que son las creencias religiosas, que era un ser especial, no un mamífero epígono en la evolución de las especies, diferente no sólo en su capacidad mental, lingüística, matemática, técnica y mimética, sino un ser con un destino superior al de cualquier otra especie. Habría por tanto una escisión en las taxonomías biológicas que separase al ser humano de cualquier otra especie, siendo los animales y organismos vivos clasificados e instrumentalizados en la medida en que fuesen útiles a las actividades humanas, alimenticias, energéticas y en un plano más sofisticado y esencialmente humano, simbólicas, transfiriendo las pasiones y los vicios humanos en otros vivientes, esto es, especeísmo.

Tras una hegemonía de varios milenios con cultos politeístas que hicieron creer al hombre que era descendiente por generación de dioses, los fenómenos naturales con figuras antropomórficas, los ritos sepulcrales y la inexplicable producción de estados mentales en la vigilia pero sobre todo en el sueño, donde los fallecidos queridos aparecían en la consciencia de aquel que había tenido vínculos afectivos con ellos, dio acicate a los misterios sobre la transmigración del alma, al separarse del cuerpo en la muerte. Como si el hombre y solamente la especie humana tuviesen el derecho exclusivo -¿de dónde vendría?, ¿quién se lo daría?- a una existencia post-mortem y a conocer a su creador, un padre exaltado, fijado simbólicamente a imagen y semejanza con atributos antropológicos loables infinitos, mientras que ningún otro organismo viviente podría aspirar a semejante cosa. La imposición sangrienta posterior de un periodo histórico de hegemonía que transita desde el politeísmo hacia el monoteísmo, con un Dios que es padre y creador de todas las cosas, que mantiene en su ser la creación, sería otra forma exacerbada de vanidad específica, manteniendo el dogma post-mortem de una existencia escindida, posterior a la muerte, que juzga la conducta moral de su antesala para decidir la recompensa o el castigo de cada sujeto, quién sin poder conducirse autónomamente, recibiría el deber moral de una instancia trascendente para tratar de lograr “su trozito de cielo”.

La vanidad de la especie humana, que se había considerado a sí misma como la excepción de la vida en la Tierra, en un plano óntico superior al resto de los seres y con un destino diferente, ha recibido varios duros golpes desde los inicios de la Edad Moderna, tal como destacó Sigmund Freud en Una dificultad del psicoanálisis, mencionando literalmente que el narcisismo universal, el amor propio de la humanidad ha recibido hasta el siglo XX, tres graves afrentas por parte de la investigación científica:

1- La primera es el desvanecimiento cosmológico de la creencia de que la Tierra es el centro del Universo -el modelo geocéntrico del sistema solar-, algo que iba en armonía con la falta de percepción sensorial del movimiento del planeta por el hombre y con la idea de ser producto de un artífice divino.

2- La segunda es la enajenación animal, partiendo del totemismo en los cultos sagrados “primitivos”, las poblaciones humanas se relacionan con su entorno natural, considerando a determinados animales protectores de la tribu, las figuras de sus divinidades tienen cabeza o elementos corporales de los animales, que son objeto de las manifestaciones estéticas figurativas. El mito muestra a los dioses cambiando su forma por la de animales, muestra como los dioses son fenómenos naturales surgidos del sobrecogimiento por la falta de explicación causal del mundo físico y el miedo a la muerte. Para un infante, no hay nada extraño en que los animales piensen y actúen como humanos en los cuentos y fábulas, sólo el hombre que ha desarrollado pensamiento teológico les quita la razón y proyecta en ellos los vicios humanos. Son los estudios en geología y biología posteriormente las ramas de paleontología, anatomía comparada, embrionología, secularizaciones de la teología y la historia naturales, quienes ponen término a esa arrogancia humana que se escinde de la animalidad.

Aunque habitualmente es citado sólo Charles Darwin en relación al Origen de las especies y la obra el Origen del hombre, su trabajo es deudor de investigaciones décadas anteriores, la variabilidad de la vida, la lucha por los recursos naturales, la selección a favor o en contra de caracteres hereditarios y el gradualismo y continuidad de las especies en su generación, son las claves para postular el origen del hombre a partir de un ancestro común con diferentes especies de primates, simios como el chimpancé y el bonobo. La primatología y la etología, el estudio de la conducta animal y de las formas de organización de otras especies, han mostrado cómo las normas morales son necesarias para dar cohesión y estructurar grupos. Y definitivamente las normas morales y las intuiciones más básicas sobre cómo debemos comportarnos para vivir bien son anteriores cronológicamente a la aparición de las religiones dominantes y de las sagradas escrituras que contienen los mandamientos.

3- La tercera afrenta es -evidentemente más sentida- la psicológica, la investigación que le ha demostrado al ser humano que no sólo no domina el Universo, ni es una especie escindida del origen de la vida frente a los demás organismos, sino que además no es el dueño de su propia mente, la razón no es la cualidad esencial del hombre y la mente depende de determinaciones biológicas, instintos y pulsiones, que no son conscientes y se encuentra soterrados, sedimentados en la conciencia humana, como parte de nuestros traumas, deseos, miedos, esperanzas y frustraciones.

El conocimiento que se tiene actualmente sobre el espacio ocupado por el planeta Tierra en el espacio, viene esencialmente de las observaciones mediante instrumental técnico en los últimos cuatro siglos, aunque la astronomía era uno de los saberes más antiguos transmitidos desde las culturas fluviales de Mesopotamia, sobre todo Babilonia y después Egipto, hasta los pueblos del Mediterráneo oriental. Muchos siglos antes del establecimiento científico de la teoría heliocéntrica, a inicios de la Modernidad, lo que se conoce como primera revolución científica, en la astronomía de Alejandría durante el periodo helenístico hubo alternativas que cuestionaron la tradición heredada de Aristóteles. Ptolomeo aceptó la tradición de los maestros griegos, pero no todos los astrónomos propusieron lo mismo: Aristarco de Samos, un astrónomo de la primera mitad del siglo III antes de la era cristiana pensó que el centro del mundo estaba ocupado por el Sol, que la Tierra y todos los planetas giraban en torno a él y que sólo la Luna giraba en torno a la Tierra. El modelo aristotélico-ptolemaico permaneció hasta finales de la Baja Edad Media, atenuándose al igual que la escolástica tomista y pereciendo a inicios de la Modernidad bajo los estudios asociados a Copérnico con la obra De Revolutionibus de 1543, Galileo y Kepler en mecánica, instrumental astronómico y perfeccionamiento de los cálculos de las órbitas planetarias en la teoría heliocéntrica, los cuerpos celestes de la zona supralunar no son perfectos y acabadamente esféricos, el Sol tiene manchas en su superficie y las órbitas no son circulares.

Tras la aceptación de la teoría heliocéntrica, ya en el siglo XVIII, el astrónomo y compositor William Herschel observó la existencia de otros planetas además de satélites o lunas, que debía existir un tipo de luz invisible para nosotros dentro del espectro en el que se descompone la luz al refractarse en un prisma, y que el sistema solar formaba parte de un espacio muy superior con forma de disco, donde estaban otras estrellas similares al Sol. En el siglo XX, los trabajos de Hubble sobre el estudio de cometas y nebulosas llamaron la atención sobre la posible estructura general del universo, mucho más grande de lo que se creía en siglos anteriores, en expansión, donde la galaxia donde se encuentra el sistema solar sólo es una entre billones. En 1990, se hizo conocida una fotografía tomada por la sonda Voyager 1, dentro de los objetivos solicitados por Carl Sagan y otros científicos de la agencia aeroespacial NASA a 6,1 billones de kilómetros de distancia de la Tierra, lejos del Sistema Solar, el título Pale Blue Dot, se refiere al aspecto del planeta Tierra en el espacio exterior desde esa distancia, visible únicamente por los rayos solares como un diminuto punto azul.

Pale Blue Dot

El cosmos es mudo, indiferente, frente a los deseos narcisistas del hombre que se considera autosatisfecho por su carácter de excepción, elegido entre el mundo por un artífice trascendente, Dios creador, frente a los sentimientos delirantes de auto-importancia y las jerarquías sociales formadas por los seres humanos, exacerbadas en las sociedades industrializadas de consumo y planes de ocio a la carta, en la era del vacío.

La Tierra en el Universo
Se puede ver la imagen en mayor resolución.

Para lectores curiosos, más textos en los artículos Earth’s location in the universe y Pale Blue Dot.

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